El Madrid se baja de la Liga
Fin del efecto Arbeloa/Pintus, ese clavo ardiendo al que el Madrid quiso agarrarse antes de tiempo. Así que conviene mirar a una plantilla devorada por la falta de ingenio y el exceso de lesiones. El hecho de que Tchouameni se haya convertido en jugador troncal lo explica todo. Mirarle a él significa que no hay alrededores. Ante el Getafe volvió ese equipo plomizo que acabó fuera del top 8 en la Champions, que se deshizo en Pamplona, que ya no está en la Copa y que se encuentra a un paso de tampoco estar en la Liga. En el Vinicius contra el mundo ganó el mundo y el Madrid se acostó a cuatro puntos del Barça, con la sensación de que ya se le han ido todos los trenes en la competición y con la sospecha de que Arbeloa quizá no pueda con esto.
El Getafe fue la pista americana de siempre. Una sucesión de obstáculos que juega con el tiempo y el espacio (o la falta de él, que angustia al rival) y con un futbolista fantástico, Arambarri, que quizá merecería dar un día nombre al Coliseum. Así pudo Bordalás conseguir su primera victoria frente al Madrid después de 17 partidos. Del fútbol no se irá con ese trauma.
Lesión a lesión, a Arbeloa acabó quedándole un Madrid de servicios mínimos en el que el quinto central, Alaba, pasó a ser segundo junto a Rüdiger, y en el que Thiago Pitarch, jugador que ha atraído muchas miradas en su trayecto canterano, entró en el once. Thiago podría estar ante la oportunidad de su vida, porque el concurso de organizador en el Madrid quedó desierto con la retirada de Kroos y con la salida de Modric. La suerte del canterano depende en gran medida de las debilidades de la primera plantilla. Otra cosa es que en situaciones de emergencia se le juzga como a uno más y eso no ayuda.
Enfrente tuvo un Getafe casi desconocido respecto al de la primera vuelta. Bordalás no pedía refuerzos por vicio, sino por desesperación. En el Bernabéu puso de salida a cuatro de los cinco que han llegado a auxiliarle, dos atrás (Boselli y Zaid Romero) y dos delante (Satriano y Luis Vázquez). Dos uruguayos y dos argentinos, gente siempre dispuesta al combate, caballería prestada. En el centro, Milla y Arambarri son un centro de gravedad permanente. Y para sujetar a Vinicius, el técnico dobló la guardia: Iglesias más Femenía. Un 5-4-1 hermético. El arte de este equipo es saber hacerse el antipático. Ancelotti supo apreciarlo, a Xavi le costó.
El supergol de Satriano
El equipo de Bordalás es tan transparente como difícil: hizo seis faltas en los siete primeros minutos. Nadie lee mejor la letra pequeña del reglamento. Su secreto es anticiparse al peligro, desactivar al rival lejos del área, defender muy alto para que no le hundan. Así recibió al Madrid, condenado a jugar en 30 metros. Un gran plan que pudo estropear Boselli cuando se aturulló en una pelota como último hombre y le regaló una ocasión inmejorable a Vinicius. El pie de David Soria desvió la bala. Caramelos así reparte pocos el Getafe.
El Madrid tardó en volver, pero lo hizo desde la magia. Güler enlazó ruleta y disparo hasta topar con Soria, una de esas acciones que alegran un lunes. La pelota era exageradamente del Madrid, pero le costaba prosperar. El Getafe esperaba. Huye del balón hasta que se le presenta la oportunidad. Lo suyo era aguantar el laberinto. Ese zarzal desesperaba al equipo de Arbeloa, en general, y a Rüdiger, en particular. Mereció la expulsión al meterle un rodillazo intencionado a Diego Rico cuando el lateral yacía en la hierba. Cuesta acostumbrarse a sus cortocircuitos.
Esa caída en la insistencia del Madrid acabó mal para el equipo. Muy cerca del descanso una pelota de nadie que flotaba sobre el borde del área blanca la enganchó de volea brutal Satriano y la coló cerca de la escuadra. Un gol tremendo, por la dificultad y por la potencia.
Para entonces el Madrid había quedado reducido a los intentos de un obcecado Vinicius. Nadie como él percibe que solo su talento puede compensar la falta de juego del equipo. Nadie como el Bernabéu percibe que la amenaza de temporada en blanco se repite. Lo advirtió con silbidos al descanso.
Cualquiera menos Brahim
El gol convirtió al Getafe en un furgón blindado. Nadie lo elegiría como sparring. Y para asaltarlo hizo Arbeloa tres cambios discutibles. Dos defensas (Carvajal y Huijsen, que volvió a fracasar) por otros dos (Trent y Alaba) y Rodrygo por Thiago Pitarch. Ovación para el canterano y pitos para el técnico. Mejor morir con los de la casa. Brahim, un desatascador, tardó en levantarse del asiento. Una decisión inexplicable ahora y también en el pasado.
Con todo, la agitación aceleró la circulación del equipo, una medida que inquieta al que defiende. Valverde pasó a centrocampista de arrastre y las recuperaciones del Madrid comenzaron a ser cada vez más rápidas. Ahora sí era una defensa a ultranza la del Getafe frente a un adversario que, con la Liga en japonés, comenzó a lanzarse a tumba abierta. A la acometida se sumó Mastantuono, que un día fue titular en este equipo y al que hoy hay que buscar en el fondo del armario. Acabó expulsado en el descuento, aún más desquiciado que el equipo.
Llegaron entonces las mejores oportunidades del Madrid, una de Carvajal, que se quedó sin ángulo, en especial. Fue, en cualquier caso, un arreón moderado mientras Brahim entraba en el 85′. El tiempo justo para compartir una bronca del Bernabéu que él no se había ganado.